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miércoles, 20 de enero de 2010

Monólogo entre la vaca y el moribundo -VI-

No me puedo poner alegre porque me envidian y no me puedo poner triste porque me abandonan. Estoy según las matemáticas en una situación de borde.

Cuando, en realidad, muchos son los motivos de mi tristeza y, sin embargo, quiero mantener mi negocio en pie y para eso es necesario que no me alegre demasiado y, por otro lado, la tristeza queda bien para mis clientes.

El madroño del balcón principal ya ha alcanzado el nivel de la ventana. España crece en mi corazón hasta alcanzarme.

Las flores comunitarias se muestran sin vergüenza.

Tengo que quedarme tranquilo, las cosas se irán haciendo a medida que las pueda pensar de manera concreta, material.

Yo tengo que descansar, la realidad me tiene que tomar siempre descansado.

Para engañarlos definitivamente dentro de diez años a todos, ahora tengo que poder durante cinco no engañar a ninguno. Todo el mundo tendrá en principio su verdad, después aprenderá a mentir: sabiendo que va a morir, vivir como si eso no fuera a ocurrir nunca y esa es la única gracia de la vida.

Vivirla como si fuera para siempre.

Sin grandes órdenes no se pueden construir grandes puentes. Y yo quiero llegar hasta los espacios infinitos. Así que antes de comenzar el puente algo tendré que ordenar.

El desorden es tan contrarrevolucionario como el alcohol y a mí no me pasará lo que le pasó a D.C. que no pudo con sus propias palabras. Yo soy un grupo y en un grupo a nadie se le puede ocurrir querer poder con sus palabras.

Lo que ya hice es increíble, maravilloso.

Una vida nueva que comience de esta manera es una gran vida. Estoy contento, muy contento.

Ahora podré como Balzac contar lo que me hicieron para que yo también fuera uno de ellos.

Las once de la mañana y el del gas todavía no ha venido, la gente trabaja así, no sé por qué yo, a veces, me preocupo tanto.

Yo tengo que escribir, hablar con la gente, con toda la gente y cobrar a fin de mes mi salario y eso será mi vida por ahora. Como mínimo hasta el 2001. Después de haber atravesado esa barrera, me detendré nuevamente a pensar en próximas décadas.

Los nuevos horarios tienen que respetar al cliente pero, también, tienen que respetarme a mí.

Cada lugar tendrá su flor, a su tiempo.

Mis clientes actuales son el cierre de la fundación, tendrán siempre la manía de ser los mejores, por lo menos los primeros, tengo que tratarlos teniendo en cuenta, precisamente, eso.

Cada uno tendrá que ser jefe de algo, en algo tendrá que tener maestría. Esa es la educación que se merecen y para eso algún deseo tendrán que demostrar tener.

Por otra parte pienso que 30 psicoanalistas sindicados de esa manera son invencibles, pase lo que pase en el mundo.

Estar en mi sitio hará más fácil la pequeña renuncia antes del triunfo de las ideas más puras, esas que tan cerca de la poesía viven que, a veces, cuesta algún trabajo diferenciarlas.

Si me quedara tranquilo sin tensiones, aquí escribiendo, pensando que cada cual está haciendo lo que corresponde, eso puede hacerme un bien incalculable. Si entiendo quién me toca ser, esta vez, también haré alguna pequeña fortuna. Trabajar hasta los 75 y luego un año de descanso. Mi pequeño hijo Manuel, tendría 35 años, bueno, ahí me tomo mi primer año de vida sin trabajar y según los resultados preparo los próximos 25 años y en el 2.040 publico, por fin, una buena antología de mis versos.

Lo siento, lo siento, el deseo está presente.

De algo me estoy dando cuenta, eso es evidente.

Los amores se tendrán en otro tiempo, siempre imposible.

Cada uno y todos y yo mismo deben ser engañados.

Me gustaría esta vez, intentar un cierto orden, dar cabida a cierta preocupación por el orden en el dinero y en los escritos. El resto se irá haciendo casi solo.

Estoy entre rejas y yo mismo me he puesto.

Me condeno a vivir y trabajar encerrado en la casa del poeta desde el 1 de julio de 19991 hasta el 31 de julio de 1996 y luego, revisaremos la condena. El solo afán de salir libre puede acarrear otra condena de cinco años más. El buen cumplimiento de la condena no acorta la pena, a lo más no la prolonga.

En cinco años, tendría que aprender a vivir encerrado en una idea y luego vendrán mis grandes obras.

Después vendrán momentos decisivos para mi escritura. No espero, ni deseo ningún gran viaje a menos que tenga que ir personalmente a cobrar el Premio Nobel.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Monólogo entre la vaca y el moribundo -V-

Llevado por la impresionante secuela de la nada leo los periódicos con distancia y sobriedad. Argentina se hunde junto con toda América Latina, ayer estuve mirando la tele y conté cuatrocientas muertes violentas en algunas películas y dos o tres espacios de noticias.

Hoy me vanaglorio de haber escrito en toda mi vida algunos versos y, eso, hoy me conforma. Mañana, tal vez, con la excitación de un día pleno de trabajo, vuelva a pensar en el Nobel.

Ella me leyó unas páginas donde Faulkner pensaba que su obra permanecería inédita y que en todo caso nadie la leería. Que sus libros se vendieran fue su única preocupación durante más de 15 años. Después tuvo otras preocupaciones, pero ya, sus libros, se vendían.

Cuando era joven, muy joven, 16, 17 años, caminaba, mis cabellos al viento, por los rosedales de Palermo, en mi ciudad natal y me entretenía pensando en lo que sería cuando fuera grande. A los 17 años era un pequeño atleta y lo que más me placía era verme aviador. Aviones de lujo, trajes de etiqueta, grandes titulares en los periódicos de aquellos actos sencillos de mi aprendizaje, que eran vividos por el resto de los ciudadanos como grandes proezas.

Poeta, eso me gustaba bastante, yo me lo imaginaba todo en Grecia y todo a mi favor. En esas fantasías siempre había miles de esclavos y mujeres que hacían posible con su trabajo y con su amor, la bella poesía que brotaba pura de toda determinación, sencilla, de mis labios.

Por ser poeta, en dos oportunidades arriesgué mi vida.

Una vez fue en los bajos fondos de París, otra vez, en un viejo palacio medieval encajado en el corazón de la selva amazónica.

En París demostré que la carne no existe y en la selva demostré que el corazón de la manzana, hace siglos, que está podrido.

Fui condenado a morir desnudo en medio de la ciudad, en medio, exacto, de la selva.

En la selva amazónica me salvó, directamente, el clima veraniego de la selva y en París, me salvó una mujer. Y no diré su nombre, porque su nombre es el aliento mismo de alguno de mis versos.

Después de esos dos incidentes, salvados con magistral pericia según los críticos, amaba ser viajante de comercio, embajador taciturno en grandes soledades y ahí, solía ver grandes cantidades de sangre y de dinero, mezclándose mansamente en las aguas claras del amor.

No había para mí, reposo ni sosiego. Vendedor ambulante, era expulsado de templos y pequeños pueblos, las mujeres amaban con desesperación mis desgracias.

Pensaba eso y era jinete de caballos invencibles o el amante perfecto de la mujer más bella o el inteligente navío que cruzaba sereno las costas del saber.

Vendedor de fruta al por mayor en grandes mercados internacionales, estuve más cerca de ser contrabandista que científico, y sin embargo, aquí me tenéis, blandiendo la espada de nuevos pensamientos, siendo el ejemplo vivo de lo que sería la intervención del psicoanálisis en el pensamiento contemporáneo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Monólogo entre la vaca y el moribundo -I-

Basta de versitos, pibe,
me dijo la loca de Buenos Aires.

Basta de versitos, majo,
me dijo la gordita del café Gijón.

Yo me lo pensé bien más de dos horas,
después, sin ser un guapo, se podía
mentirle a la verdad, soñar de día.

Les dije
cuando quedaron juntas a mi lado,
a cada una por separado, la verdad:

SI NO QUIEREN VERSITOS,
entonces, POESÍA.

Y aquí me tenéis,
avivando giles,
dejando que un chalao
se lleve el gato al agua.

Con la pluma insensata
de las habladurías
yo contaré la historia:
Será en verso, amañada,
torpe en la encrucijada,
de tener que asegurar algo.

Una historia
que no entrará en la historia,
un porvenir que no veré surgir…

Y no es que esté cagado de miedo
o asustado que un tango
que bailé en Andalucía,
pueda matarme acaso antes del 2030,
pues si hablaba del tiempo,
un futuro cercano me inquietaba.
Después de todo esto, vaca querida,
no sé si habrá dinero para el amor
los próximos veranos.

Después, también, vi diamantes y corzas
que hacían de la luz y de volar duendes,
oscuras formas del saber entre fantasmas.
Yo lo sabía, habría de tocarme algo pequeño:
Antes de gozar había que ayudarle a crecer.
Tenía que dar la vida antes de poseerla.
Al instante de poseerla dejarla volar,
porque sin ella volando de un amor a otro amor,
enloquecida, fatal, fantasma enamorado
ningún diamante brillará sin sus labios,
ninguna corza volará sin su libertad.