DESPUÉS DE LA FIESTA EL ÚLTIMO COMPÁS
La puerta se cerró,
y el último invitado dejó su capa de marfil
tendida en la brisa que acariciaba los cabellos.
Lo inefable se posó a la altura de las sienes
y por un instante no quedaron más palabras para ser creadas,
porque el viaje se extendía ahora más allá de los sueños.
Abría en el espacio los brazos en cruz
para medir los años que pasaron
y era una danza inmóvil que no medía nada.
Toqué todas las frentes con mis manos,
y descansé en los lóbulos que mentían una inteligencia congelada.
Nadie sabía de la almendra en su sentido rancio
pegado a lo innombrable, tejiendo el blanco de las lunas
cuando la noche no bastaba.
Y tuve todo el bien y todo el mal.
La tierra se movía con su edad para empequeñecerme,
y el alma ávida de riesgos se abrió como una retina
a luces invisibles que giraban en órbitas veloces,
y el tiempo metido en el espacio
me separó del cuerpo como a un recién llegado,
y esperé solamente volver al punto de partida,
agujero de un abismo gritando lo imposible,
rojo del cielo antes del alba pintándome los labios,
frío del bronce soplando el último compás,
cuerno del ciervo perdiéndose en los ecos,
acantilados submarinos cerrándose en mi boca.
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sábado, 4 de julio de 2009
lunes, 29 de junio de 2009
"Pertenezco" de Norma Menassa Chamli
PERTENEZCO
Qué vuelve en mí en esta noche de tinieblas,
qué canción no cantada, que grito extraño
guarece al animal que tiembla de furia y de venganza.
Dónde anidan las alas de marfil del pájaro nocturno,
aquel que viene a alivianar las mezquindades,
los falsos campos de batalla.
Estoy aquí, sin ocuparme de rosas ni canteros,
con el viento del sur moviendo las espumas de jade del Océano
y arrastrando basuras de dioses inventados,
en este instante de la sombra,
haciéndome testigo de la luna que sin pudor
me muestra su belleza desmayada.
Qué vuelve en mí en este páramo del tiempo,
qué leyenda del sueño envuelta en el suspenso
me vistió de inmensidad y me arrojó al inicio,
ese del que no se sabe nunca nada.
Desde mi fe de errante,
soñaba la quietud imposible de una cicatriz
y vivía en la estría de mi piel que impoluta atestiguaba
en contra del tiempo transcurrido,
sorda al gong del bronce que anunciaba
que había que salir al cuadrilátero.
Quién mide en el espacio perspectivas de lejanías oscuras,
entre humaredas donde se incendia el tiempo de mi vida,
lejos de los atributos del papel y casi sin honores.
Ninguna cifra a la altura del corazón cifra el encuentro opaco
de esta hazaña terrenal con Dios
que mete la cabeza en el morral para no dar respuesta.
Tampoco vi pastores conduciendo el futuro,
pero estuve aquí, alguna vez estuve,
avanzando en la tormenta por esas largas llanuras
chorreando ese lenguaje desparejo de las razas mas allá del color,
hombre-mujer, riqueza incalculable, pequeña horda de los astros.
El cielo se vistió de califa y repartió mujeres que habitan todas las edades y los sexos, y el hombre se lavó en el vino de la noche el polvo de sus pies, la historia del camino.
¿Quién pasó por aquí?
¿Qué andar de peregrino se detuvo a beber de las piedras que cubrían el fondo de la fuente?
¿Quién tomó de la corteza el ámbar y colgó la resina tallada en la planicie de mi pecho?
Alabanzas se elevan y descienden
marcando la alianza con la tierra.
Terráquea sí y extra-terrestre,
me encuentro en la canción azul,
más allá del cenit,
en el vergel del tiempo, iluminada de lavanda.
Qué vuelve en mí en esta noche de tinieblas,
qué canción no cantada, que grito extraño
guarece al animal que tiembla de furia y de venganza.
Dónde anidan las alas de marfil del pájaro nocturno,
aquel que viene a alivianar las mezquindades,
los falsos campos de batalla.
Estoy aquí, sin ocuparme de rosas ni canteros,
con el viento del sur moviendo las espumas de jade del Océano
y arrastrando basuras de dioses inventados,
en este instante de la sombra,
haciéndome testigo de la luna que sin pudor
me muestra su belleza desmayada.
Qué vuelve en mí en este páramo del tiempo,
qué leyenda del sueño envuelta en el suspenso
me vistió de inmensidad y me arrojó al inicio,
ese del que no se sabe nunca nada.
Desde mi fe de errante,
soñaba la quietud imposible de una cicatriz
y vivía en la estría de mi piel que impoluta atestiguaba
en contra del tiempo transcurrido,
sorda al gong del bronce que anunciaba
que había que salir al cuadrilátero.
Quién mide en el espacio perspectivas de lejanías oscuras,
entre humaredas donde se incendia el tiempo de mi vida,
lejos de los atributos del papel y casi sin honores.
Ninguna cifra a la altura del corazón cifra el encuentro opaco
de esta hazaña terrenal con Dios
que mete la cabeza en el morral para no dar respuesta.
Tampoco vi pastores conduciendo el futuro,
pero estuve aquí, alguna vez estuve,
avanzando en la tormenta por esas largas llanuras
chorreando ese lenguaje desparejo de las razas mas allá del color,
hombre-mujer, riqueza incalculable, pequeña horda de los astros.
El cielo se vistió de califa y repartió mujeres que habitan todas las edades y los sexos, y el hombre se lavó en el vino de la noche el polvo de sus pies, la historia del camino.
¿Quién pasó por aquí?
¿Qué andar de peregrino se detuvo a beber de las piedras que cubrían el fondo de la fuente?
¿Quién tomó de la corteza el ámbar y colgó la resina tallada en la planicie de mi pecho?
Alabanzas se elevan y descienden
marcando la alianza con la tierra.
Terráquea sí y extra-terrestre,
me encuentro en la canción azul,
más allá del cenit,
en el vergel del tiempo, iluminada de lavanda.
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